*** Cómo Publicar Tus Cuentos***

Este blog está dedicado a los cuentistas de habla hispana. Aquí podrás publicar tus cuentos y comentarios.

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2- Revisa la ortografía y la gramática antes de enviárnoslo.

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4- Este es un blog de cuentos breves, no tomaremos textos que superen las 1.000 palabras.

5- Todos los textos son revisados por nuestros editores, por lo tanto, no podemos asegurar que se publique ni cuanto tiempo nos lleve hacerlo.

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jueves 28 de enero de 2010

VECINO

En la casa frente a la mía entran y salen mujeres. Todas comparten el look: blusa o saco cerradísimos, jeans y taco bajo. Dentro del tugurio cambia la cosa; es decir, la ropa cae. Eso he oído de pasada a los vecinos, a los clientes, yo las veo cada tarde desde mi ventana, tapado por la cortina que cubro y descubro, tal como mi cremallera que baja y sube. Luego lo borrachos orinan y escupen junto a mi puerta. Tanto que me obligo a firmar la solicitud de cierre (necesitan mi firma para hacer montón, para sumar, para el bulto), con la esperanza de que no nos hagan caso, aferrándome a esa utopía libidinosa, secreta. Mía. No quiero que me quiten el único contacto con el mundo exterior, ¿por qué a nadie le importa que yo no pueda salir de este maldito cuarto? ¿Por qué no escriben cartas para salvarme?

Juan Secaira
Ecuador

domingo 17 de enero de 2010

LA NIÑA VISIONARIA

Había una vez una niña subida a un árbol que no quería bajar, le gustaba sentirse como el polvo que se lleva el viento, flotando por el aire y expandiéndose por todas partes. Ese día la niña se lanzó del árbol para izarse, antes de aquel acontecimiento la madre le hubiera advertido de no hacerlo, aunque la cría no hizo caso y empezó a volar y volar cada vez más alto. Desde la tierra su madre le decía: "¡baje de las nubes señorita, ponga los pies en la tierra que yo hasta allá no pienso subir!" pero la niña no bajó y siguió elevándose más y más arriba. La niña dio un entorpecimiento al llegar a las nubes, veia que en cada nube que había, cada cuál poseía una almohada, y a la inocente criatura se le ocurrió probar una de ellas. Al poner su cabeza estaba, de repente, en un lago de diversos colores; amarillo, rosa, naranja, todos los que te puedas imaginar. La niña se sentía feliz y empezó a reir sin más. Riéndose y jugando en la bendita agua, sentía una paz que jamás había conocido. Ella se sumergía en aquella hermosa albufera a lo que abría los ojos contemplando como danzaban, en una misma proporción, unos peces de colores llamativos extrañamente extraños y observaba unas piedrecillas de también variados colores que desprendian su viveza (sin llegar jamás a gastarse) por aquellas aguas puras. La niña sonreía, ¡no podía parar!, pues gozando con tan decollante lago, ¿quién no haría lo mismo?, una vez llegado a la cascada, la pitusa cayó por ella agitándose y revolcándose viendo figuras coloridas por doquier, escuchando risas sin saber de donde provenían. Los pececillos bailando por aquella corriente veloz, las piedras girando y girando, la viveza esparciendose más y más.. Una belleza alborotosa veia aquella rapaza,
¡toda una obra parecía aquello! De repente serpientes colorientas en contra corriente pasaban a su alrededor escuchándose una músiquilla oriental y alegre que a la niña le producían ganas de bailar a la vez unas aves nadando a grandes velocidades la dejaban extasiada y cegada por la notoriedad que desprendían.Sin duda todo un placer para los ojos.
La niña estaba fascinada, dichosa, exaltada ¡quería gritar de la felicidad que le otorgaba todo eso!
Miró a su contorno, había vuelto al insólito nimbo. Aquella radiante aventura le había alegrado el alma
"¡bendita seas nubecilla!" manifestó la chiquilla
Al levantarse de la almohada, bien jubilosa saltó diligente hacia otra nube, puso su tiesto en ella, seguro que le aguardaba una nueva, "¡Oh mira, un ave anseriforme!"

FIN

"La Niña Visionaria"
Por: Joaquín Bolaños
Desde: España
Edad Nacimiento: 20/11/94
Otro E-mail: jxbn@hotmail.com

sábado 28 de noviembre de 2009

SERES INFERIORES

Cuando los vi sentí aprensión. Estaban sucios, vestían unas ropas estrafalarias y raídas, y sus cuerpos, apenas huesos recubiertos de piel, estaban llenos de heridas y ronchas. Lo que antes debió ser una pareja atractiva, o así quizá quiero imaginarlo, se habían transformado en un par de muertos vivientes de ojos hendidos y mirada perdida.

Como cualquier otro ciudadano de bien, me cambié de acera en cuanto los vi. Con ese simple gesto les demostré mi superioridad, yo soy una persona de bien, con familia, casa, coche y cuenta corriente, y ellos solo eran chusma, suciedad, desperdicio social. Por eso hice con ellos lo mismo que hago cuando encuentro una caca de perro en la acera, los esquivé y me alejé rápido para que no me llegara el mal olor.

La casualidad quiso que horas después los encontrara sentados en un portal justo en frente de mi balcón. No tenía nada importante que hacer aquel día, así que dediqué un par de horas a observarlos. Eso me hizo sentir bien. Desde la seguridad de mi sacrosanta casa podía mirarlos como si lo hiciera con monos en el zoo, con la posibilidad de espiar su comportamiento y sin peligro de que se me acercaran demasiado.

No pude oír lo que se decían pero veía perfectamente todos sus movimientos. Uno de ellos, el chico creo que fue, sacó varias cosas de una bolsa de plástico y las dispuso a su alrededor. Pude distinguir una botella de cerveza medio vacía, una lata de olivas y un trozo de pan. La chica entonces colocó un pañuelo de papel en la acera a modo de mantel y así fue organizando un improvisado picnic. Una vez estuvo todo colocado en su sitio, se sentaron uno enfrente del otro y empezaron a comer. Parecían extrañamente felices y charlaban animadamente mientras comían y bebían muy despacio, como queriendo alargar todo lo posible aquella frugal merienda. Comieron, bebieron, hablaron y rieron durante un buen rato, nada les importaba el mundo a su alrededor. De repente, un señor gordo apareció por la esquina y, unos pasos después, tiró una colilla al suelo, cuando la vio, la chica se levantó y cruzó la calle, la cogió del suelo, limpió la boquilla con la manga de su jersey y se la puso a su chico en los labios. El chico sonrió, mostrando los pocos dientes que le quedaban, se abrazaron y la besó tiernamente en los labios. Creo recordar que nunca me he sentido mas mezquino que aquel día, mezquino y desdichado.


CIEN GOLPES EN LA ESPALDA

Ahora mismo está a mi lado. Dulce y sumisa como un animalillo, siempre cariñosa, siempre dispuesta y complaciente. Me mira con sus grandes ojos verdes, y por momentos consigue que me olvide de todo. Eso lo hace muy bien, siempre ha sido así. Está sentada en el suelo, enroscada entre mis piernas y frotando su nariz contra mi rodilla. Sólo lleva unas pequeñas braguitas blancas. Desde mi posición puedo ver su elástico cuerpo adolescente. Veo como encoge y estira sus largas piernas, despacio, muy despacio. Veo como su respiración hace elevar y descender sus pequeños pechos, Veo su nuca sobre mis muslos, entregada a mí, dócil y vencida. Huele a aire fresco, a pelo limpio y a sexo. Me excita, lo hace hasta nublar mi entendimiento. Ella lo sabe. Lo sabe y lo utiliza contra mí.

He intentado alejarme de ella. Lo he intentado por todos los medios, pero siempre vuelvo a su lado. Dominado por el deseo, vencido por el sabor de su cuerpo. Hoy ha vuelto a hacerlo. Se presentó en mi casa de noche, con la ropa sucia y el pelo revuelto. Sus enormes ojos suplicaron mi perdón. No me dijo nada, no hacía falta. Había vuelto a traer la oscuridad a mi vida. Cuando me vio coger el cinturón, sonrió, se desnudó despacio y se humilló ante mí. A cuatro patas en el suelo, aguantó su castigo sin quejarse. Fui brutal como siempre. Descargue cien golpes en su espalda mientras le dedicaba los insultos más crueles. Fue brutal, brutal e inútil. Al terminar la dejé en el suelo. Enroscada como un gato. Inerte. Después me desnudé e hicimos el amor. Mientras yo lamía sus heridas, ella me juraba no volverlo a hacer. Por un momento la creí, o tal vez creí que la creía, o seguramente sabía que me engañaba, pero ya no me importaba. Ya ha dejado de importarme lo que haga. Por monstruoso que me pueda parecer, por abominable que sea lo que hace, la amo, o tal vez sólo la deseo, pero si es así, la deseo de una forma terrible. De una forma absorbente, ilógica, inhumana. A ella le ocurre lo mismo. Por eso se presta a mis estúpidos castigos. Por eso deja que engañe a mi conciencia con la ilusión de que puedo corregirla. Como si se pudiera borrar los impulsos de un animal, como si pudiera curarla a fuerza de golpes.

Ahora estoy acariciando su espalda. Mis dedos recorren las señales de su castigo. Ella ronronea. Sabe que ha vencido otra vez. Sabe que mañana volveré a dejarla entrar en mi casa, y que volveré castigarla por sus pecados, y que volveremos a hacer el amor como dos animales, ajenos a todo, envilecidos y salvajes. Y yo se que antes de que todo eso ocurra, ella volverá a matar, y la muerte de otro inocente caerá sobre mi conciencia. Lo volverá a hacer porque su instinto se lo ordena, y yo no haré nada para impedirlo, tan solo rezaré para que alguien le pare los pies y acabe con esta oscuridad que me envuelve.

LA MANCHA

Ese día yo me encontraba en la oficina, mirando absorto una mancha verde que había salido en el techo. Era una mancha alargada y serpenteante, y me pareció ver en ella la silueta de un viejo delgado y barbudo apuntándome con el dedo. Pasé horas mirando aquella mancha, intrigado con aquel señor de barbas que no dejaba de señalarme. Traté de imaginar por qué me miraba de aquella manera, ¿sabría quizá algún secreto sobre mí que ni yo conocía?, ¿me acusaba tal vez de algo imperdonable que hubiera hecho? No tenía idea de la causa, pero la mancha me intrigaba y me repelía a un tiempo.

Intentando sacar de mi cabeza aquella imagen, bajé la mirada, encendí el monitor de mi ordenador y me dispuse a continuar con mi trabajo. Estuve un buen rato repasando la contabilidad y realizando algunas gestiones al teléfono, era un trabajo tedioso, pero no me importaba, mientras mis dedos tecleaban mecánicamente, el recuerdo de mi mujer, tal como la había dejado al marcharme a trabajar, dormida y desnuda en la cama, me reconfortaba. Era la mejor imagen del día, el hermoso cuerpo de mi mujer bañado por el sol de la mañana. Seguí trabajando con aquella imagen flotando en mi mente, ya tranquilo y feliz, cuando mis ojos se desviaron un momento hacia el techo. El viejo de la pared me devolvió una mirada torva. Allí seguía, observándome y señalándome impasible, con una sonrisa burlona en su rostro que parecía mofarse de mí. Un escalofrío recorrió mi espalda al volverlo a ver.

Me levanté y moví una planta de sitio para tapar aquella visión, pero fue aún peor. Ya no veía la mancha, pero sabía que el viejo estaba ahí, esperando, vigilándome y apuntándome con su huesudo dedo. Volví a traer a mi cabeza la imagen de mi mujer, y traté de recodar el momento en el que me quedé apoyado en el quicio de la puerta, observándola mientras me tomaba un café. Ese fue un momento delicioso, y rememorándolo pude olvidar por unos segundos el miedo irracional que estaba sintiendo por culpa de aquella mancha. El café caliente en mis manos, el silencio de la mañana, mi cama, y durmiendo en ella todo lo que quería en este mundo, eso era más fuerte que cualquier temor estúpido.

El extraño hilo que enlaza los pensamientos me llevó a unos instantes antes de que me tomara aquel café, cuando lo estaba preparando, y luego saltó a unos minutos después, cuando salí de casa, y de repente me asaltó la duda de si apagué el fuego de la cocina después de hacer el café. Siempre he sido muy maniático con esas cosas, y jamás se me había olvidado hacerlo después de usar la cocina, como tampoco nunca salí de casa sin haber echado antes el cerrojo, pero en ese instante me era imposible recordar el haber cerrado la espita. Decidí llamar a casa y avisar a mi mujer para que lo revisara. Marqué el número de mi casa y esperé, pero nadie respondió. Nervioso, me levanté del sillón y paseé por la habitación con el teléfono al oído. Me sentía impotente y tenía miedo de que algo hubiera pasado por mi culpa, no me lo perdonaría nunca. Mientras esperaba una respuesta del otro lado de la línea, una mirada furtiva se me escapó hacia el techo. El viejo seguía allí. Su expresión parecía más cruel que antes y su sonrisa más siniestra. Su dedo se mantenía firme ante mí. Se estaba riendo de mí, se burlaba de mi angustia. Parecía conocer las dudas que me mortificaban y se regocijaba. Una cuarta llamada y seguía sin contestar nadie. El temor se había transformado en certeza, estaba seguro de que algo malo, horrible, había pasado en mi casa, y el viejo surgido de la mancha estaba ahí para recordármelo y disfrutar con mi sufrimiento. En un ataque de ira, me subí a una silla y arañé la mancha con mis dedos. Me arranqué dos uñas y dejé mis yemas en carne viva, pero logré arrancar la mancha de la pared. Cansado me dejé caer en el suelo y me puse a llorar

Minutos después, el teléfono sonó. Era la voz de mi mujer.

Héctor Gomis

jueves 1 de octubre de 2009

ECO

El roce sin nombre de los cuerpos, las manchas redondeadas acariciando el suelo. Sólo el silencio atestigua la escena; el hombre permanece de pie, sus restos, sus recuerdos, las paulatinas angustias de su existencia yacen inertes, descolgadas de la razón, alfombrando una pizca de tristeza en aquellas baldosas viejas. Pizca que se desvanece en el eco del último disparo. Así.

Juan Secaira V.
ECUADOR

sábado 18 de julio de 2009

BODA INTERRUPTUS

Cuando el cura preguntó desde el altar, frente a toda la audiencia que presenciaba la boda, si había alguien que por algún motivo se oponía a la feliz unión de la pareja, que hablase ahora o callase para siempre, la puerta de la iglesia se abrió de par en par, y a los tropezones, casi sin aliento, ingresó La Muerte. “Disculpen la demora”, exclamó con timidez, “La parte de “hasta que la muerte los separe”, ¿ya pasó?” “¡Sí!”, le mintieron todos al unísono. “Ah, bueno…”, replicó La Muerte, “…por esta vez el novio se salva, pero aprovechando que vine hasta acá no me cuesta nada llevarme a un par de invitados…” Y acto seguido dos hombres se desplomaron pesadamente de sus asientos.


Vázquez, Cristian Matías.
Rafaela, Argentina.